¿Quiénes somos?

La Cofradía de los Mayorales del Vino es una asociación sin ánimo de lucro, de carácter cívico, filantrópico, social, educativo, cultural, gastronómico, ajena a cualquier motivación política, de defensa del medio ambiente y de los intereses comunitarios en todo lo relacionado con el mundo del vino en Valdepeñas. A pesar de que se trata de una entidad independiente, colabora estrechamente con la Asociacion Interprofesional de la Denominación de Origen Vitivinicola Valdepeñas (antiguo Consejo Regulador de la Denominación de Origen Valdepeñas), en virtud del Protocolo de Colaboración suscrito por ambas.

Nuestra historia comenzó en 1994, año en el que se instituyeron las bases de la Cofradía en la ciudad de Valdepeñas para la defensa y promoción de los vinos de esta tierra. Actualmente está compuesta por más de un centenar de Mayorales Numerarios.

El único requisito para formar parte de los Mayorales del Vino es el interés y respeto por el mundo del vino y, en especial, por los de la D. O. Valdepeñas. Los candidatos deberán solicitar su ingreso a dos miembros Numerarios, que propondrán su Investidura ante el Gran Capítulo. Desde ese momento, y una vez aceptada la incorporación, el postulante pasará a ser miembro de pleno derecho. Su Investidura oficial se llevará a cabo en el próximo Capítulo de Investidura de Primavera. (¿Quieres ser Mayoral?)

Historia y Fundamento de la Cofradía en Valdepeñas

Numerosos hallazgos arqueológicos de vasijas, granillas de uva y aperos de labranza en los alrededores de Valdepeñas y, especialmente en el yacimiento del Cerro de las Cabezas, constatan el cultivo de la vid por parte de los habitantes de la Oretania Septentrional entre los siglos VII y II. a. C. El primer gran desarrollo de este cultivo fue extendido a lo largo del Imperio por los romanos. De hecho, en el s. XVI, durante la construcción del convento de los Trinitarios en el barrio de San Nicasio, aparecieron monedas romanas, algunos cascos y un sepulcro perteneciente a un patricio llamado Lucio Acinippio, según algunos autores, posible habitante de la ciudad de Luparia, s. I a. C. Acinippio proviene de la palabra griega acinus que significa grano de uva. A pesar de ello, los pastos y el cultivo de cereales continuaban ocupando el uso mayoritario de un territorio aún con mucho por explorar.

Don Pedro de Barberana y Aparregui, pintado por Diego Velázquez (1631-1632).

Según la tradición oral, durante el dominio musulmán de la península, los mozárabes de esta zona lograron una bula del Califato de Córdoba por la que se les permitía seguir elaborando y comercializando sus caldos. En el año 1150, ante la falta de un ejército regular, el rey Alfonso VII confió a la francesa Orden del Temple, la seguridad de los territorios cercanos al río Guadiana, que habían sido recientemente arrebatados a los musulmanes. Pasados pocos años, y ante la imposibilidad de mantener la zona, éstos devolvieron Calatrava al nuevo rey, Sancho III, que reunió a sus notables. Ante la sorpresa de todos, don Raimundo, abad del monasterio cisterciense de Fitero, aceptó el reto, haciéndose cargo de la zona en 1158. En poco tiempo formaron un ejército de más de 20.000 monjes-soldado. Así surgía la Orden de Calatrava, que en su afán por repoblar sus vastos dominios cedía el derecho de ciudadanía al que se comprometiera a adquirir “una casa tejada y una aranzada de viña”, siguiendo el modelo del fuero de Cuenca (1190). Este cultivo tan cercano a la cultura y liturgia cristiana fue extendido de forma notable por los aragoneses, castellanos y, sobre todo, gallegos que poblaron La Mancha durante toda la Edad Media, dotando de reconocimiento a la recién surgida encomienda de Valdepeñas.

En esta época surgen en Francia e Italia las primeras cofradías gastronómicas, como hermandades de apoyo a los agricultores, productores y gremios artesanales. Con las cuotas que pagaban, tanto en efectivo como en especie, organizaban servicios de atención médica, seguros de decesos, viudedad y orfandad…

D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz y señor de Valdepeñas.

En 1523, mediante una bula del Papa Adriano VI, el maestrazgo de la Orden pasó a ser ocupado por los regentes de la Corona de Castilla. En 1575, la falta de recursos económicos del reino empujó a Felipe II a vender numerosas villas y encomiendas desamortizadas a las órdenes militares, entre ellas la de Valdepeñas, que fue adquirida por don Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz.

Ya en aquella época el poeta Baltasar de Alcázar se hacía eco de la fama del “vinillo aloque” de Valdepeñas. Los sucesivos marqueses, cuyas rentas dependían del precio de este producto, contribuyeron activamente a su popularización en la corte de los Austrias. Durante el reinado de Carlos III, en el siglo XVIII, el “aloque” inundaba las tabernas de Madrid, hasta el punto de que el monarca aumentó los impuestos de este producto para financiar, según el cronista Antonio Brotons, la Puerta de Toledo o la de Alcalá.

Mientras tanto, y en plena Ilustración francesa, aparecían en el país vecino numerosos grupos de defensores de productos enológicos y gastronómicos propios de las diferentes regiones del país. Su modelo de gestión y protocolo se inspiraba en el de las órdenes militares. Esta costumbre llegó a España en el siglo XIX, extendiéndose, sobre todo, por la cornisa cantábrica, donde hoy en día siguen gozando de gran vigencia.

En este siglo, la tardanza en la llegada de la filoxera a Valdepeñas y el fuerte aumento de la demanda por la destrucción del viñedo francés posibilitó la ampliación de la zona de viñedo y la proliferación de multitud de bodegas. Con la llegada del ferrocarril, el agua y la luz eléctrica, el vino comenzó a exportarse a gran escala, sobre todo a Filipinas y América. En 1895, el Tren del Vino transportaba nuestros vinos diariamente a la capital del reino. Mesonero Romanos en sus “Escenas Matritenses” daba fe de las “recuas de manchegos que en mulas tordas distribuían el vino valdepeñero por las tabernas de Madrid”; mientras que Larra cantaba sus propiedades reconfortadoras. Unamuno se preguntaba “¿qué hacer con pueblos que no saben lo que es una verónica y no beben Valdepeñas?”. Hasta el famoso mariscal Petain reconoció que con un vino como éste se podían ganar muchas batallas.

A pesar de que finalmente la filoxera se hizo sentir en Valdepeñas, la pujante industria vitivinícola de la zona conformó una serie de instituciones desde las que se intentó mitigar la catástrofe, como la primera Estación Enologica y Campo de Experimentación; la Federación Regional de Viticultores, presidida por el marqués de Casa Treviño; el Círculo Mercantil Vitivinícola (1928) o la Junta Regional Vitivinícola (1930). Finalmente, la Denominación de Origen Valdepeñas fue reconocida el 8 de septiembre de 1932, aunque los estragos de la filoxera y el estallido de la Guerra Civil pospuso la creación de un nuevo reglamento hasta el año 1968.

Con estos antecedentes, D. Francisco Ureña, D. Salvador Galán y D. Enrique Martín-Peñasco –presidente de la Diputación de Ciudad Real, alcalde de Valdepeñas y presidente de Consejo Regulador de la Denominación de Origen Valdepeñas de aquel momento– realizaron un viaje a Francia, donde encontraron la inspiración en las cofradías vinícolas de la zona. En abril de 1994, sumaron sus impresiones a las de D. Victoriano González de la Aleja (actual Maestre Gran Mayoral) y a las de D. Herminio Ureña, vicepresidente de la Diputación de Ciudad Real y primer teniente alcalde de Valdepeñas de entonces. Juntos fundaron la Cofradía de los Mayorales del Vino de Valdepeñas, como una hermandad local para difundir los vinos de la D.O. Valdepeñas, reconciliando nuestra tradición con una parte importante de sus orígenes, muy vinculados a las órdenes como la del Temple o la de Calatrava.

Consultar los Estatutos de la Cofradía de los Mayorales del Vino.